02.04 – He instado a mis estudiantes a salvaguardar su memoria individual

by Apr 2, 2020Barcelona, Cartas del coronavirus0 comments

Por Tania Pleitez Vela

Ayer la universidad nos anunció que se suspenden las clases presenciales durante todo el semestre. De ahora en adelante, solo tendremos clases virtuales. He optado por bajar la carga docente y darles espacio para sobrellevar esas realidades y reflexionar sobre el tiempo que les ha tocado atestiguar.

Ilustración: Natalia Franco

Diario de un tiempo distópico

Barcelona, España

Jueves, 2 de marzo de 2020

Ayer la universidad nos anunció que se suspenden las clases presenciales durante todo el semestre. De ahora en adelante, solo tendremos clases virtuales. He recibido correos de algunxs estudiantes a quienes ya les empieza a pesar el efecto de balancear el estudio y las clases virtuales con sus realidades familiares: una me cuenta que debe cuidar a miembros de su familia, otra me relata que sus dos abuelos están en el hospital. He optado por bajar la carga docente y darles espacio para sobrellevar esas realidades y reflexionar sobre el tiempo que les ha tocado atestiguar. Tenemos un grupo de WhatsApp y, por medio de la carta que Yan Lianke (profesor de literatura china actual y autor de Los besos de Lenin) le dirigió a sus alumnxs en la Universidad de Hong Kong, he instado a los míos a salvaguardar su memoria individual. La carta fue publicada en El País el 20 de marzo bajo el título de “Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria”. Me conmovieron estas palabras: 

“Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. […] Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de conciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles. 

Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma. 

Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de producirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este Covid-19, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras”. 

En España, se registran 9,053 muertos y más de 300,000 personas perdieron sus empleos en marzo. Según un reportaje, en Italia, las visitas médicas a domicilio brindan calma a las familias, sobre todo las que tienen ancianos enfermos. En España, también los médicos rurales son un importante soporte moral para las familias. En ciudades como Barcelona y Madrid, donde se concentra el mayor número de hospitalizados, el personal médico debe realizar hazañas heroicas para afrontar la falta de equipo médico, además del dolor, la incertidumbre, el cansancio 

En América Latina, hay más miedo al hambre que al virus. En varios países, la sociedad civil se está organizando para llevar alimentos a las poblaciones más vulneradas. 

Tania

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