Por Carolina Bodewig

Le pedí que me enviara su ubicación “por cualquier cosa”, lo seguí y se me paró el corazón cuando se detuvo a media calle y no avanzaba. No me contestaba los mensajes ni las llamadas. Cinco minutos y nada. Casi agarro camino para ir a buscarlo cuando me cayó un mensaje

Ilustración: Natalia Franco

San Salvador, El Salvador

Martes, 24 de marzo de 2020

Es lunes, segundo día de la cuarentena domiciliar obligatoria anunciada por el presidente. Yo ya tenía un poco más de una semana de cuarentena domiciliar voluntaria, es decir, yo lo había decidido hacer así, no porque sea precavida, sino porque soy ansiosa y exagerada. Ese lunes tuvimos la necesidad de comprar comida y algunas otras cuestiones básicas; mi pareja decidió voluntariarse para ir a hacer las compras y aprovechar para ir a su oficina por algunas cosas –las dejó el sábado sin saber que esa noche el presidente dictaría estas medidas. Se despidió y sentí en la panza un nudo, un hoyo, un vacío, una angustia… No sé cómo explicarlo. 

Ninguno de los dos sabía bien qué le iba a pasar en el camino. ¿Qué pasa si se topaba con un retén en el camino? ¿Cuál era el procedimiento? ¿Cómo podría comprobar que efectivamente iba al súper y que era el miembro de la familia designado para ir? ¿Qué pasaba si le pedían su DUI y la dirección no coincidía con el municipio en el que se encontraba? 

Le pedí que me enviara su ubicación “por cualquier cosa”, lo seguí y se me paró el corazón cuando se detuvo a media calle y no avanzaba. No me contestaba los mensajes ni las llamadas. Cinco minutos y nada. Casi agarro camino para ir a buscarlo cuando me cayó un mensaje “Estoy en el super. Me pararon, pero les dije que iba al super y les enseñé el recibo del agua para que vieran que vivimos por aquí”.

Después de un poco más de una hora, regresó a la casa. No entró sin antes decirme con una sonrisa en su cara: “¿recordame cuál es el protocolo sanitario para entrar a la casa?” 

No es el miedo a la enfermedad lo que me multiplica por mil la ansiedad. Es el miedo a las arbitrariedades de las autoridades, a solo tener la información a medias, a tener información solo en Twitter y no poder hacer preguntas, a que nos controlen y lo aceptemos sin darnos cuenta a través de un discurso de miedo que dure más allá de esta pandemia. Es el miedo a que, al final, justifiquemos esto con el “es que si no, la gente no entiende”.

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