Con el alma quebrada

by Sep 25, 2019Descompases0 comments

Fotos cortesía de René Figueroa

A tragos lentos es la historia de dos mujeres: madre e hija, separadas por la guerra fratricida que duró 12 años. La de una familia de combatientes fracturada por la muerte y la separación. La de dos mujeres con el alma rota que siguen esperando que aparezcan sus seres queridos.

L a ráfaga de sus monólogos, de su conversación, es intensa. Aturden con tanta información poética, pero dolorosa. Nos recuerdan que las heridas del conflicto armado que vivió El Salvador siguen abiertas para muchos de los familiares de los más de 75 mil muertos y 8 mil desaparecidos. Una historia que se repite actualmente en El Salvador donde, de 1994 a agosto de 2019[i], los homicidios suman más de 107 mil personas y en el que a diario desaparecen un promedio de nueve personas. 

A tragos lentos es una obra de Santiago Nogales, presentada por primera vez en octubre de 2018, en el marco deI Festival de Teatro Hispano Salvadoreño, y recientemente en el Teatro Luis Poma. Es interpretada por Mercy Flores y Rosario Ríos, de la compañía Moby Dick Teatro. La actuación de ambas mujeres es potente. Dura. Fuerte como la naturaleza misma del mal llamado sexo débil. La escenografía, vestuario y atrezzo estuvieron a cargo de Tatiana Juárez. La música en vivo, de Juan Carlos Berríos, permitió entender los giros y el énfasis en cada diálogo, así como la iluminación de Franklin Interiano. 

Es la historia de dos mujeres: madre e hija, separadas por la guerra fratricida que duró 12 años. La de una familia de combatientes fracturada por la muerte y la separación. La de dos mujeres con el alma rota que siguen esperando que aparezcan su marido, su padre, su hijo, su hermano. La de una que reclama a la otra por no cumplir el rol de madre, ese estereotipo de madre abnegada impuesto por el patriarcado y la de otra que no logró superar la desaparición o muerte de su esposo y de su hijo. La que quedó atrapada en lo ocurrido esa noche: un enfrentamiento entre la guerrilla y los militares. 

Los diálogos de ambas mujeres van de lo sombrío, de lo áspero, de lo doloroso a lo humorístico hasta llegar a la crítica social: las personas estamos deshumanizadas y muertas en vida. Simulamos estar bien, no nos cuestionamos nuestro pasado ni nuestro presente.  

De la dramaturgia de Nogales y de esta obra destacan dos cuestiones: la primera es la manera en que aborda temas oscurecidos por los discursos hegemónicos sobre la maternidad: el aborto y el reclamo de la hija nacida. Esa idea romántica que todas las mujeres queremos ser madres, y que, si optamos por no serlo, estamos deshumanizadas, queda retratada en los diálogos de la actriz que hace el papel de la hija: una mujer que no logra superar que su madre quiso abortarla. Al no poder hacerlo, una vez nace, decide dejar a su hija con otras personas para que la criaran y, así, ella pudo seguir combatiendo. 

A tragos lentos plantea el conflicto entre dos mujeres, como si siempre tuviéramos que estar enfrentadas entre nosotras. Y, nuevamente, la visión romántica del perdón de la hija a la madre, al dejarla beber, al dejarla morir, al practicarle la eutanasia. La conversación entre las dos mujeres es esa discusión casi cotidiana entre madres e hijos/hijas, en la que la hija, en este caso, reclama y la culpabiliza por su infancia, por su adolescencia, por su juventud, por su adultez. El peso de todo siempre recae en la madre y nunca en la figura paterna, como si de las mujeres fuera la responsabilidad absoluta del cuido y la crianza. Y, finalmente, la hija repite el rol histórico de las mujeres: está a cargo del cuido de su madre enferma, envejecida y sola. Aunque para esta historia familiar solo están ellas dos y, por ende, la labor de cuido no puede recaer en alguien más. 

La segunda cuestión que destaca de la dramaturgia es como retrata el derecho a la identidad, la necesidad de saber de dónde venimos. La hija conoce poco o nada de su historia familiar. La recrea en sus propios monólogos. Es una conversación íntima que permite empatizar sobre nuestros conflictos internos y sobre los tres estados del yo: el estado padre o madre, el estado niño/niña, el estado del yo adulto/adulta. A cuentagotas, su madre le comparte información sobre su padre y su hermano mayor, quienes están muertos o desaparecidos. También le cuenta sobre la entrega de esta familia al ideal de pelear por un país mejor. Una lucha que para muchas personas salvadoreñas aún no tiene sentido, porque no perciben que su calidad de vida haya mejorado a partir de 1992.  

La conversación entre las dos mujeres despierta muchos sentimientos encontrados: enfado, ternura, miedo, amor, soledad, dolor, desarraigo, negación de la realidad; y, permite brevemente la interacción con un público al que definen como muerto en vida, anestesiado, como una sombra. Los lazos que ocupan para su actuación recuerdan a nuestros lastres y nudos. A que somos el país de las mujeres y los hombres con el alma quebrada. Nos recuerda también que la ausencia hace que el corazón sea más afectuoso. Es decir, al no haber conocido al padre y al haber perdido al esposo, hace que las relaciones de pareja y familiares se idealicen porque no representan el desgaste de la convivencia diaria. 

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[i] La cifra incluye las muertes violentas de hombres y mujeres del 1 de enero al 30 de agosto de 2019: 1841 homicidios, feminicidios y crímenes de odio. Este dato fue construido con información histórica de la Fiscalía General de la República, la Policía Nacional Civil, anuario del Instituto de Medicina Legal, la Comisión Económica para América Latina y El Caribe, las bases de datos del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial e InfoSegura. 

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