El polvo

by Apr 27, 2020Descompases0 comments

En el pueblo quedaron los retratos y con ellos la disentería del chiquillo que entregaba los estuches primorosos, casi medallones, y recibía los pagos y entregaba las monedas de cambio.”

Foto e ilustración del artista Luis Cornejo cedidas para acompañar el cuento “El polvo”

Los novios de las muertas son un misterio. Se vuelven pálidos y callados, es complicado decirles algo porque no son viudos y, quién sabe, quizá se han quitado de encima a una mala mujer. 

Algunas  pestes como la disentería pueden matar en unos días lo que a la violencia y a la vejez le lleva años. Unas cien personas murieron en el pueblo por esos días, y entre ellas, la novia. Enmarcada en el cristal del ataúd, la boca más roja que nunca, más labios de puta que de novia, parecía el retrato de una mujer dormida. Una semana atrás le habían sacado un retrato en el que tenía los labios oscuros, como chocolate.  

La gente se acercaba al novio y le daba un extraño pésame, no era viudo y tampoco era de la familia. Las formalidades de la muerte se volvían difíciles de cumplir. Él amagaba una sonrisa y volvía a ver a la novia dentro del ataúd, como en una medalla. Recordó el día en que el retratista llegó al pueblo con su enorme caja oscura en hombros de un niño sin camisa. Entonces, el retratista detuvo su paso al ver a la novia en la plaza, se acercó a ella, gritó un par de cosas y decidió sacarle un daguerrotipo: un retrato pequeño que no era una pintura, explicó, un retrato exacto, como verse al espejo. Se lo entregaría guardado en un estuche de cristal y terciopelo, como si fuera una medalla. 

Nunca había llegado al pueblo una de esas cámaras oscuras que permiten que la gente tenga retratos que pueda regalar a sus novios o familiares o colocar sobre alguna en la casa. La novia sería la primera retratada del pueblo. 

El día que sacaron el retrato, la novia se puso su vestido de más suntuoso, el único que tenía, el vestido con el que se casaría. Una vieja la vio cruzar las calles, camino a la caja oscura del retratista, y gritó:  

¡Esta niña no se casa, usar el traje de novia antes de la boda es mal agüero! 

El retratista la esperaba en la plaza, la novia lucía tan era hermosa con el cuello rodeado de encajes. Dijo el hombre que nunca había retratado a una mujer como ella, parecía una aparición, un ángel, cualquier cosa menos una noviecita de pueblo.  Le indicó que se sentara sobre un banco alto, colocó un gancho detrás de ella para cogerle la espalda y mantenerla erguida durante la sesión, pintó sus labios con una oscura mezcla como el chocolate, y le pidió que mirara hacia la caja. Por horas. El novio se puso nervioso al ver aquellos labios oscuramente encendidos, y pasó el sombrero entre sus dedos tantas veces que le deshizo un ala. Eso recordaba mientras las gentes le daban un aguado pésame y se acercaban al ataúd con un pañuelo en la nariz para evadir el apestoso humor de la muerte.  

Las pestes como la disentería llegan a un pueblo de pronto: en la carta que entrega un mensajero, en la dirección que pide un cochero o en las manos de un chiquillo flaco y sin camisa que carga una caja negra que saca retratos. Cuando el chiquillo murió, quedó hundido y desinflado sobre la cama de la pensión en la que se había hospedado con el retratista. El hombre entonces contrató a un huérfano que cargaba bultos en el mercado, le colocó la caja oscura en la espalda y huyeron hacia el pueblo vecino. 

En el pueblo quedaron los retratos y con ellos la disentería del chiquillo que entregaba los estuches primorosos, casi medallones, y recibía los pagos y entregaba las monedas de cambio. 

Las enfermedades infecciosas como la disentería se transmiten de mano en mano, se cuelan en la tierra de las uñas que se clava en la harina, se fermentan en el pan y crecen como monstruos invisibles que en unos días chupan los cuerpos de los hombres y los dejan desinflados en la cama. 

Había una mujer gorda con un collar de perlas y mirada de vizcondesa venida a menos adentro de un estuche de terciopelo y cristal y una mujer idéntica, como vista desde un espejo, dentro de un ataúd. Todos los retratados se fueron borrando como se borran los daguerrotipos al abrir el precioso estuche: el aire y la luz destruyen la capa fina de pigmentos que son los retratos, explicaba el retratista, por eso no había que abrirlos nunca. 

Por esos días, el cura recibió tantas carretas con cuerpos desinflados y apestosos en la puerta de su iglesia que mandó abrir, a orillas del pueblo, una enorme zanja para que en ella se dejara caer a los muertos de disentería. Prohibió que fueran velados o enterrados en los patios de las casas. La novia murió en la madrugada y la familia decidió enterrarla a mediodía: El sol todo lo cura y al llevar el cortejo fúnebre a mediodía, la peste desaparecerá, pensaron. 

El ataúd de la novia fue a parar a la zanja donde estaban la gorda vizcondesa venida a menos; el insigne capitán de policía, con su bigote enrollado sobre unos labios por primera vez pintados, y los nietos del alcalde, cada uno guardado en  ataúdes un poco más grandes que los estuches de sus retratos. 

El calor del mediodía obligó al novio a desabrochar su saco de gala, el único que tenía, el saco con el que se casaría. Al ver la camisa pegada a su piel recordó el cuerpo húmedo de la novia después de tantas horas de ver hacia la cámara oscura, atrapada por un gancho: el encaje de la blusa se mojó tanto que sus pezones se iluminaron por debajo del vestido. Y él nunca la había tocado. 

Los novios de las muertas son un misterio, no son viudos aún y experimentan lutos diferentes a una madre doliente, a un hijo. El novio experimentó el luto como si se tratara de una nueva enfermedad, babeaba. 

Las paladas de tierra sobre el ataúd de la novia iban borrando poco a poco su último retrato. La tierra cubría ese marco de cristal en el que se le podía ver por última vez. En el que se le vería por última vez. El novio recordó que nunca la había tocado. Sintió ganas de lamerla. Las enfermedades como la disentería chupan el cuerpo y entregan carnes podridas a la muerte. El novio nunca había lamido a la novia, tampoco había chupado labio o pezón, tampoco había introducido su lengua en algún orificio sacro de su piel de virgen.  Babeó. Babeaba como enfermo de rabia, como enfermo de otra peste.  Recordó que el artista le había entregado el rostro de su amada en un estuche pequeño y sellado, como una medalla, y lo había guardado en su casa. Se limpió la saliva y el sudor, agradeció palabras incompresibles y corrió en busca del daguerrotipo. Tropezó con las carretas que transportaban a muertos, con la gente que se cubría la nariz para huir de la muerte, con los desmayados a media calle, y llegó a su casa. 

La saliva escurría por su boca como escurre por el hambre. Que es el hambre sino la ansiedad por la carne de un animal que ya no vive. Un animal hermoso como había sido la novia. Buscó el estuche. Ahí estaba ella para siempre. Quiso lamer los labios oscuros de chocolate. Intentó abrir el estuche, resbalaba de sus manos sudorosas. Lo golpeó, varias veces. Estaba tan cerrado como el ataúd. Buscó un cuchillo, metió la punta por una de las orillas, y el estuche se abrió como se abren las conchas. Fue ese el momento justo de la vida. La carne se transforma en polvo, y el polvo se convierte en aire. 

Elena Salamanca (San Salvador, 1982). Escritora e historiadora. Ha publicado La familia o el olvido (El Salvador, 2017 y 2018), Peces en la boca (México, 2013 y El Salvador, 2011), Landsmoder (El Salvador, 2012) y Último viernes (El Salvador, 2008 y Suecia, 2010).
Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán y sueco.

Es candidata al Doctorado en Historia en el Colegio de México y en sus tesis investiga las relaciones entre unionismo centroamericano, ciudadanía y exilio en México en las décadas de 1930 y 1940. Es Maestra en Historia por El Colegio de México (2016) y Máster en Historia Iberoamericana Comparada por la Universidad de Huelva, España (2013).

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